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Raptus Regaliter

Puros cuentos que salieron un día en un montón de papeles, servilletas, periódicos, revistas, la bolsa de papel con las medicinas, algunos cuadernos, el boleto de lotería.. ¿De qué iba?

30.9.09

Micro-Relatos | 4




Por alguna extraña razón no hago nada.



Veo cómo le meten la mano en la bolsa; una cartera abultada sale discretamente, pero su dueña está tan concentrada en el cachondeo a besos con el presunto novio que ni se da por aludida.

El pequeño delincuente se ve satisfecho con su nuevo premio de principio de quincena, pero trata de hacerse el distraido para evitar sospechas. Tengo que darle crédito por ser capaz mantener esa carita de inocencia que le partiría el alma a cualquier doña con corazón de pollo. Quizás por eso no le llamo la atención. Aunque, claro, tal vez influya el hecho de que le robara la cartera a la infeliz que me dejó sin mayor explicación hace dos semanas, la que ahora pretende no reconocerme.

Lucía comienza a rayar en lo obsceno cuando decido que realmente no importa que me haya dejado. Al contrario. Mucho mejor para mí o sería yo quien estaría tocando esos labios manipuladores, los que por horas juraron deseo y cariño para finalmente desencadenar miles de reproches sin fundamento. Estaría yo aún con esos labios que con una sola insinuación me dejaban imaginando mucho más.

No, prefiero evitar las complicaciones de una persona tan inestable, tan voluble, que tiene que restregarme en la cara este tipo de escenas con tal de mostrar que “me ha superado”. Puro juego de niños.

Es más, viéndolo ahora desde ese punto de vista, decido hacerle un último favor antes de bajarme. Me acerco al niño tranquilamente para no intimidarlo, incluso me agacho hasta estar a su altura para que nadie más que él me escuche. Aún así, se pone nervioso.

- ¿Sabes que no está bien tomar lo que no es tuyo? ¿Sabes que te puedes ir a la cárcel por robar?

El niño de cuanto mucho seis años me mira petrificado pero no responde.

- Prometo no decir nada y no armarte broncas si me das la cartera para regresarla.

Sin decir una palabra aún, saca tembloroso la cartera y me la da discretamente antes de salir huyendo en la siguiente parada del metro, escabulléndose entre las decenas de personas aglomeradas en nuestro vagón.

Yo bajo menos apresurada en la misma estación, metiendo la cartera en mi bolsa. Un simple ajuste de cuentas por cada centavo que desperdicié en su compañía.

Ah, porque vaya que tenían razón...


No hay placer que se compare al de las pequeñas venganzas.



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Lista del mandado: micro, venganza

Micro-Relatos | 3




A ver si así me vuelve a pedir que la lleve conmigo.



No ha hecho nada más que quejarse en el camino. Que si ya llegamos, que si la música está muy fuerte, que si los asientos son incómodos, que si el pasajero de allá es un grosero... Ya lo sabía, ya me lo esperaba. La vida con ella no ha sido más que puros pleitos casados. Si hago, mal; si no, también.

Pero yo tengo la culpa. Yo le propuse que viviéramos juntos, aunque sabía que nuestra relación no era del todo buena como para dar ese paso. Ah, pero quise compañía y no me quejo de eso. Hoy en día muy pocas mujeres saben cocinar y ella tiene un sazón con el que si quiere me envenena.

Pero que no quiera vivir solo no significa que quiera llevarla a todos lados conmigo. Por eso a veces finjo tener encargos al otro lado de la ciudad, para poder viajar por dos horas en la soledad y calma que me dan un montón de extraños. Me da la oportunidad de recorrer lugares con los que no estoy muy familiarizado, de platicar con otras personas, de ver mujeres muy guapas e incluso de trabajar en mis novelas de misterio. Creo que el otro día terminé dos capítulos en un solo recorrido.

- Ay, José, ¿pero a dónde carajos vamos? ¿Qué no podías haber ido otro día?

Intento no entrar en su juego de conflictos, así que evito recordarle que ella fue la que insistió en venir conmigo, o que ella con su lógica tan peculiar había escogido este micro porque el otro estaba muy vacío y le parecía peligroso venir con tan poquita gente.

Pero antes de cualquier intento de comentario conciliatorio de mi parte, de pronto vemos subir a dos tipos armados, exigiendo todo lo que traemos de valor. Tan rápido como entraron, se llevaron todo lo que pudieron y se fueron.

La impresión parece ser demasiada para mi quejumbrosa acompañante porque no la oigo protestar para nada. De hecho, cuando volteo a verla me doy cuenta de que está paralizada, con una mano en el pecho como queriendo evitar que se le salga el corazón. Mamá me mira suplicante en sus últimos suspiros agitados.


Por alguna extraña razón no hago nada.

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Lista del mandado: hartazgo, micro

Micro-Relatos | 2




Jamás vuelvo a dormirme en el micro.



El chicle que se pegó asquerosamente en mi cabello días atrás tendría que servir de escarmiento. Aunque en realidad debí hacer caso desde las primeras tres veces que pasó lo mismo luego de recargar mi cabeza en la ventana. Pero no puedo evitarlo. Al cabo de un par de minutos en el transporte, me gana el cansancio acumulado tras de varias semanas de desvelo.

Hoy no, hoy será diferente. El pinche sueño hoy no me gana.

Me repetí lo mismo como mantra e intenté mil y un maneras para distraerme, para estar en alerta. Después de cuarenta y tres minutos de camino me sentí realizado al darme cuenta que estaba cerca de mi parada, despierto e intacto de cualquier pegajoso incidente. Me levanté y ya estaba por apurarme hacia la puerta, pero en eso se puso una chamaquita en mi camino.

- Con permiso, nena.

La niña, dulce y linda como ella sola, se paró sobre el asiento que había abandonado y me dejó el pasillo libre. Sólo alcancé a avanzar un par de pasos cuando sentí su pequeña mano en mi cabello... y con un pinche chicle Motitas.

- Para que me lleves contigo, papi-, dijo muy tierna antes de que pudiera gritar como energúmeno.

Me le quedé viendo con la cara roja del coraje, mientras que su mamá la regañaba y le daba sus buenos manazos. Ya con eso preferí no decir nada, además no tuve el corazón de decirle que yo no era su papá y mucho menos de escupirle otra regañiza por el chicle. Sólo callé y bajé del micro. Ya al día siguiente me aseguraría de dejarle un recuerdito mío en sus rizos de oro.


A ver si así me vuelve a pedir que la lleve conmigo.



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Lista del mandado: micro, ternurita

Micro-Relatos | 1




No pude detener el recorrido de su mano ansiosa.



No, no quise detenerlo; ni a él ni a su caricia traviesa que fingía no querer ser descubierta, pero que tocaba, pausaba, subía, subía, entraba, ooooh, con una delicia de movimientos que me encendían de placer con una sutileza que mi piel no conocía.

Traté de ocultar el electrizante impulso que me exigía tomarlo en ese mismo instante, en ese preciso lugar. Y es que la coincidencia de sentarnos juntos en la misma ruta, de aprovechar tenerlo sólo para mí unos minutos, aunada al deseo oculto que ambos sentíamos en la oficina, sólo me provocaba una intensa necesidad por hacerlo mío.

No.

Cualquiera nos vería, se darían cuenta. Qué vergüenza...

No. No...sí... sí... ay, ¡SÍ!

Total, ¿qué importa? ¡Que lo noten todos y se den su taco de ojo! Que jueguen al voyeur mustio que por pudor mejor se queda callado.

De todas formas ven cosas peores en la tele.

Sin pensarlo más, lo tomé de sorpresa cuando en un instante bajé el cierre de su pantalón y me encontré con su propia fuente de placer, deseándolo con urgencia, devolviendo las caricias, acercándolo al clímax y--

- Ya llegamos, seño.

La voz altiva del conductor me cortó de tajo la excitación, dejándome a la merced de una docena de miradas entremezcladas, sin poder discernir entre la desaprobación, la burla y la pena ajena.

Quité mi mano de su penoso sitio y me acomodé la falda. Sabiendo que no encontraría a Miguel, salí apresurada sin mirar a nadie.


Jamás vuelvo a dormirme en el micro.



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Lista del mandado: micro, pena ajena
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