No, no quise detenerlo; ni a él ni a su caricia traviesa que fingía no querer ser descubierta, pero que tocaba, pausaba, subía, subía, entraba, ooooh, con una delicia de movimientos que me encendían de placer con una sutileza que mi piel no conocía.
Traté de ocultar el electrizante impulso que me exigía tomarlo en ese mismo instante, en ese preciso lugar. Y es que la coincidencia de sentarnos juntos en la misma ruta, de aprovechar tenerlo sólo para mí unos minutos, aunada al deseo oculto que ambos sentíamos en la oficina, sólo me provocaba una intensa necesidad por hacerlo mío.
No.
Cualquiera nos vería, se darían cuenta. Qué vergüenza...
No. No...sí... sí... ay, ¡SÍ!
Total, ¿qué importa? ¡Que lo noten todos y se den su taco de ojo! Que jueguen al voyeur mustio que por pudor mejor se queda callado.
De todas formas ven cosas peores en la tele.
Sin pensarlo más, lo tomé de sorpresa cuando en un instante bajé el cierre de su pantalón y me encontré con su propia fuente de placer, deseándolo con urgencia, devolviendo las caricias, acercándolo al clímax y--
- Ya llegamos, seño.
La voz altiva del conductor me cortó de tajo la excitación, dejándome a la merced de una docena de miradas entremezcladas, sin poder discernir entre la desaprobación, la burla y la pena ajena.
Quité mi mano de su penoso sitio y me acomodé la falda. Sabiendo que no encontraría a Miguel, salí apresurada sin mirar a nadie.
La voz altiva del conductor me cortó de tajo la excitación, dejándome a la merced de una docena de miradas entremezcladas, sin poder discernir entre la desaprobación, la burla y la pena ajena.
Quité mi mano de su penoso sitio y me acomodé la falda. Sabiendo que no encontraría a Miguel, salí apresurada sin mirar a nadie.
Jamás vuelvo a dormirme en el micro.

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