No ha hecho nada más que quejarse en el camino. Que si ya llegamos, que si la música está muy fuerte, que si los asientos son incómodos, que si el pasajero de allá es un grosero... Ya lo sabía, ya me lo esperaba. La vida con ella no ha sido más que puros pleitos casados. Si hago, mal; si no, también.
Pero yo tengo la culpa. Yo le propuse que viviéramos juntos, aunque sabía que nuestra relación no era del todo buena como para dar ese paso. Ah, pero quise compañía y no me quejo de eso. Hoy en día muy pocas mujeres saben cocinar y ella tiene un sazón con el que si quiere me envenena.
Pero que no quiera vivir solo no significa que quiera llevarla a todos lados conmigo. Por eso a veces finjo tener encargos al otro lado de la ciudad, para poder viajar por dos horas en la soledad y calma que me dan un montón de extraños. Me da la oportunidad de recorrer lugares con los que no estoy muy familiarizado, de platicar con otras personas, de ver mujeres muy guapas e incluso de trabajar en mis novelas de misterio. Creo que el otro día terminé dos capítulos en un solo recorrido.
- Ay, José, ¿pero a dónde carajos vamos? ¿Qué no podías haber ido otro día?
Intento no entrar en su juego de conflictos, así que evito recordarle que ella fue la que insistió en venir conmigo, o que ella con su lógica tan peculiar había escogido este micro porque el otro estaba muy vacío y le parecía peligroso venir con tan poquita gente.
Pero antes de cualquier intento de comentario conciliatorio de mi parte, de pronto vemos subir a dos tipos armados, exigiendo todo lo que traemos de valor. Tan rápido como entraron, se llevaron todo lo que pudieron y se fueron.
La impresión parece ser demasiada para mi quejumbrosa acompañante porque no la oigo protestar para nada. De hecho, cuando volteo a verla me doy cuenta de que está paralizada, con una mano en el pecho como queriendo evitar que se le salga el corazón. Mamá me mira suplicante en sus últimos suspiros agitados.
Por alguna extraña razón no hago nada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario