El chicle que se pegó asquerosamente en mi cabello días atrás tendría que servir de escarmiento. Aunque en realidad debí hacer caso desde las primeras tres veces que pasó lo mismo luego de recargar mi cabeza en la ventana. Pero no puedo evitarlo. Al cabo de un par de minutos en el transporte, me gana el cansancio acumulado tras de varias semanas de desvelo.
Hoy no, hoy será diferente. El pinche sueño hoy no me gana.
Me repetí lo mismo como mantra e intenté mil y un maneras para distraerme, para estar en alerta. Después de cuarenta y tres minutos de camino me sentí realizado al darme cuenta que estaba cerca de mi parada, despierto e intacto de cualquier pegajoso incidente. Me levanté y ya estaba por apurarme hacia la puerta, pero en eso se puso una chamaquita en mi camino.
- Con permiso, nena.
La niña, dulce y linda como ella sola, se paró sobre el asiento que había abandonado y me dejó el pasillo libre. Sólo alcancé a avanzar un par de pasos cuando sentí su pequeña mano en mi cabello... y con un pinche chicle Motitas.
- Para que me lleves contigo, papi-, dijo muy tierna antes de que pudiera gritar como energúmeno.
Me le quedé viendo con la cara roja del coraje, mientras que su mamá la regañaba y le daba sus buenos manazos. Ya con eso preferí no decir nada, además no tuve el corazón de decirle que yo no era su papá y mucho menos de escupirle otra regañiza por el chicle. Sólo callé y bajé del micro. Ya al día siguiente me aseguraría de dejarle un recuerdito mío en sus rizos de oro.
A ver si así me vuelve a pedir que la lleve conmigo.

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