Veo cómo le meten la mano en la bolsa; una cartera abultada sale discretamente, pero su dueña está tan concentrada en el cachondeo a besos con el presunto novio que ni se da por aludida.
El pequeño delincuente se ve satisfecho con su nuevo premio de principio de quincena, pero trata de hacerse el distraido para evitar sospechas. Tengo que darle crédito por ser capaz mantener esa carita de inocencia que le partiría el alma a cualquier doña con corazón de pollo. Quizás por eso no le llamo la atención. Aunque, claro, tal vez influya el hecho de que le robara la cartera a la infeliz que me dejó sin mayor explicación hace dos semanas, la que ahora pretende no reconocerme.
Lucía comienza a rayar en lo obsceno cuando decido que realmente no importa que me haya dejado. Al contrario. Mucho mejor para mí o sería yo quien estaría tocando esos labios manipuladores, los que por horas juraron deseo y cariño para finalmente desencadenar miles de reproches sin fundamento. Estaría yo aún con esos labios que con una sola insinuación me dejaban imaginando mucho más.
No, prefiero evitar las complicaciones de una persona tan inestable, tan voluble, que tiene que restregarme en la cara este tipo de escenas con tal de mostrar que “me ha superado”. Puro juego de niños.
Es más, viéndolo ahora desde ese punto de vista, decido hacerle un último favor antes de bajarme. Me acerco al niño tranquilamente para no intimidarlo, incluso me agacho hasta estar a su altura para que nadie más que él me escuche. Aún así, se pone nervioso.
- ¿Sabes que no está bien tomar lo que no es tuyo? ¿Sabes que te puedes ir a la cárcel por robar?
El niño de cuanto mucho seis años me mira petrificado pero no responde.
- Prometo no decir nada y no armarte broncas si me das la cartera para regresarla.
Sin decir una palabra aún, saca tembloroso la cartera y me la da discretamente antes de salir huyendo en la siguiente parada del metro, escabulléndose entre las decenas de personas aglomeradas en nuestro vagón.
Yo bajo menos apresurada en la misma estación, metiendo la cartera en mi bolsa. Un simple ajuste de cuentas por cada centavo que desperdicié en su compañía.
Ah, porque vaya que tenían razón...
Es más, viéndolo ahora desde ese punto de vista, decido hacerle un último favor antes de bajarme. Me acerco al niño tranquilamente para no intimidarlo, incluso me agacho hasta estar a su altura para que nadie más que él me escuche. Aún así, se pone nervioso.
- ¿Sabes que no está bien tomar lo que no es tuyo? ¿Sabes que te puedes ir a la cárcel por robar?
El niño de cuanto mucho seis años me mira petrificado pero no responde.
- Prometo no decir nada y no armarte broncas si me das la cartera para regresarla.
Sin decir una palabra aún, saca tembloroso la cartera y me la da discretamente antes de salir huyendo en la siguiente parada del metro, escabulléndose entre las decenas de personas aglomeradas en nuestro vagón.
Yo bajo menos apresurada en la misma estación, metiendo la cartera en mi bolsa. Un simple ajuste de cuentas por cada centavo que desperdicié en su compañía.
Ah, porque vaya que tenían razón...
No hay placer que se compare al de las pequeñas venganzas.

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