Sólo quería que las puertas se cerraran...
Y que se fueran todos juntos en el tren que estaba por irse. Quería que me dejaran sola, que se llevaran el ruido, los empujones, los malos tratos, y me dejaran contando los ratones que andan jugando por las vías sin ser aplastados. Pero no se puede. Hay mucha gente esperando y con pocas ganas de subirse si no hay lugar para sentarse, o por eso dice mi mamá que mejor se espera.
Prefiero mejor no hacer mucho caso y distraerme en otras cosas.
- Ahí viene otro,- digo en voz bajita mientras un ratón rechonchito y gris corre por la galleta que acabo de aventar.
- Chamaca caraja... ¿para eso me pides que te compre las cosas?
- ¡Es que se me cayó! ¡En serio!
Mi mamá se pone a refunfuñar entre dientes pero ya no me dice nada. Y no me dice nada porque está muy atenta por si llega otro tren, como si asomando la cabeza el metro avanzara más rápido.
Aviento otra galleta sin que me vea mi mamá, pero ahora la parto a la mitad porque se empezaron a acercar otros dos ratones nuevos. Les gusta mucho las Canelitas, pero cuando están enteras se terminan peleando por todo el cacho de galleta.
Ya estoy haciendo apuestas para ver qué ratón se lleva el pedazo más grande cuando una mano se asoma de una ranura en las paredes junto a las vías. Los ratones se espantan y pierden sus migajas. Yo nomás veo espantada mientras un niño tan flaquito como un palillo se asoma y saca su brazo lo más que puede para alcanzar algunas sobras de las galletas trituradas.
Nadie más lo ve, ni en esta parte del andén ni en la de frente. Todos están volteando para otro lado, esperando a que venga el enorme gusano naranja a escupir gente y devorar nuevos pasajeros.
El niño me sonríe y se me queda viendo mientras come las migajas. Todavía espantada y sin saber qué hacer, se me ocurre aventarle una galleta más cerca para que se la coma, pero nada más se ríe. ¿Se está burlando o qué le da tanta risa?
- Ya la chupó el diablo,- alcanzo a escuchar que me dice, pero ni así lo voltean a ver.
Los ratones vuelven a correr y a pelearse por la comida. El niño empieza a hablarle a alguien más, alguien en el hueco abajo del andén donde estoy. Se carcajea y se escucha otra risa más. Me empieza a dar miedo y le aviso apurada a mi mamá.
- Mamá, hay niños allá abajo.
Mi mamá otra vez se molesta y me dice que no empiece a inventar cosas; que no ande nomás dando pretextos para seguir tirando la comida a las vías.
Nadie hace caso y todos siguen volteando al tunel del que no sale el tren que esperan. Yo sigo viendo al niño, sigo escuchando la risa. Mi mamá me aprieta el hombro y me dice algo, pero yo trato de asomarme a ver quién más está, si hay niños viviendo en los túneles del metro, si viven con los ratones, si los chupó el diablo también...
La gente se amontona y escucho el tren acercándose a lo lejos. Las risas crecen mientras todos me empujan y me hacen perder el equilibrio. Mi mamá trata de agarrarme pero no puede. Me voy de cara al piso a ver a los dos niños juntos, jugando junto al monstruo anaranjado sobre nosotros.
El tren no se va a mover un largo rato.

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