El tren no se va a mover un largo rato.
Ni la gente dejará de arremolinarse a mi alrededor, y mucho menos habrá algo que evite que desenfunden los puños y las garras afiladas. A final de cuentas, todos buscan arrebatar cualquier mísero espacio sin aire en un coloso atiborrado de carne ambulante.
Entre todas las arpías y demás alimañas, parezco el fantasma que sólo merodea sin ser percibido, ni siquiera cuando le robo un lugar a alguien al subir al tren. Ya me acostumbré a la falta de palabras y miradas intercambiadas. Mejor así, ser un bulto más. No que en realidad quiera serlo, sino que es más fácil hacerse a la idea que intentar ser ajeno a esa naturaleza que la soledad me dicta.
Pero también tiene sus ventajas pasar como un ente anónimo. Puedo darme cuenta de cada detalle a mi alrededor, como el pobre chavo sin rumbo ni domicilio que se está durmiendo abajo de la hilera de asientos. O de la señora que viene tocándose disimuladamente el busto para ver si aún trae su monedero. O el niño que le jaló un simple hilo a la falda de aquella chica que dentro de poco tendrá su dobladillo completamente descosido.
Independientemente de todos estos detalles que nadie más pela, está la cuestión del tacto. El acercamiento con decenas de manos, brazos, pechos, latidos, respiraciones... todo un festín sensorial para este torpe animal que necesita contacto, proximidad, calor, estimulación.
De pronto me sorprendo al oler en mi ropa algún perfume fino y femenino, como si se hubiera impregnado después de algún encuentro íntimo. O a sudor y cerveza, como si me hubiera ido de parranda con los cuates. Hasta las risas resuenan en mis oídos como si de verdad hubiera ocurrido.
Como si de veras...
Pero a nadie le gustan los mediocres, los patéticos, por eso dejé de intentar hace tantísimo tiempo. Por eso los pequeños placeres que ofrecen los roces accidentales es todo lo que necesito para ser... feliz (lo que sea que eso signifique). Sin complicaciones de ninguna índole, sin tener que pasar por el vergonzoso ritual de la interacción humana con el propósito de crear alguna conexión. Imposible cuando se es un nodo muerto.
Pero entonces ocurre que puedo sentir una mano accidentalmente reposando en mi nalga derecha, un lugar no del todo cómodo en realidad. La chava que no encontró más hueco para acomodarse que junto a mis posaderas parece que ni cuenta se ha dado. De nuevo, soy el bulto invisible. La sangre corre delirante en mis venas.
Los finos dedos se comienzan a mover, buscando salir de la pequeña prisión en la que quedó detenida. Buscan deslizarse hacia la izquierda, hacia arriba, vuelve a bajar; sus dedos finalmente no encuentran salida... y mi fascinación tampoco.
Un error. Sólo es eso, me repito varias veces para despejar de mi mente el accidente táctil, convenciéndome nuevamente que poco lugar hay en esta ciudad y en este planeta para mí.
Para ahorrarle el trabajo, busco la manera de bajar en la próxima estación tan rápido como la multitud me lo permita. Ni siquiera es cerca de mi destino final, ni tampoco es un lugar que tenga muy bien ubicado, pero por más laberínticas que pretendan ser algunas estaciones todas cuentan con algún pobre pasillo que sirva de hogar y de letrina para algunos.
Espero a que se vayan todos para poder regresarme a esperar el siguiente tren. El pasillo se vacía excepto por una chava que va caminando muy lentamente hacia la salida, como si estuviera de paseo en domingo. Se aproxima hasta donde estoy y en un instante y sin saber cómo se voltea bruscamente para empujarme contra la pared.
- Como si fueras tan fácil de perder, encanto- susurra en mi oído mientras el filo de una navaja me amenaza en el costado. Sus dedos me recorren el pecho y es entonces cuando reconozco la delicada sensación de hace unos instantes. Todo apunta a que esto no llevará a nada bueno... pero teniéndola aquí, tan cerca, tan amenazadora, tan excitante... Mi mente quedó absolutamente en blanco, disfrutando del último suspiro de su aroma femenino...
No pude detener el recorrido de su mano ansiosa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario