Me era imposible escuchar lo que me decía.
La marejada de gente impedía que pudiera siquiera acercarme para escuchar mejor. Pero sé lo que vi al otro lado de la multitud impertinente. La morena de fuego me sonrío; sus labios se movieron diciéndome algo y mi mente no pudo evitar más que volar con lo que muy claramente interpreté como “abajo”.
Me imaginé “abajo” de su falda, trazando remolinos en sus suculentas piernas; “abajo” de su lengua, descubriendo universos con la mía; “abajo” de su cuerpo, dejándome dominar dos, tres o cuatrocientas veces.
Siguiente parada, salieron decenas de pasajeros y entró el doble, lo que parecía casi imposible dadas las apretadas circunstancias de por sí. Mi musa me volvió a ver y fijó una mirada sensual en mis partes nobles. Sólo eso bastó para que en contra de todas las leyes de la física me abriera camino donde no cabe ni un alfiler.
En medio de empujones, codazos, una manoseada perturbadora y hasta un obstinado vendedor de mp3, de alguna forma me olvidé de que mi parada sería en la siguiente estación y que debería mejor buscar un atajo a las puertas. Sólo era ella. Mi objetivo, mi presa. “Abajo” del metro, “abajo” de un puente, “abajo” de las sábanas de seda.
Cerca, cada vez más cerca, vi que iba a la salida, tratando de llegar lo más rápido posible a las puertas metálicas. No dudé por un segundo y cambié de trayectoria, convencido de que la vería al salir del tren. Como fue de esperarse, ella salió como bólido a los pasillos de la estación. No la perdí de vista, pues me aferré a la idea de acercarme y platicar.
Me di cuenta de la velocidad con la que caminaba para evitar grandes cúmulos de gente y tuve que seguirle el paso, con ningún tipo de energía adicional más que el deseo imbécil de un pobre diablo. Sin más, logré alcanzarla en el cambio a la otra línea de metro, donde nada nos presionaba.
Di pasos más tranquilos hacia mi Venus, preparado para ver estrellas. Toqué suavemente su hombro para llamar su atención.
- Hola, preciosa. Me dejaste intrigado con lo que me ibas a decir.
La amazona se sonroja y es entonces que me siento el hombre más chingón del universo.
- Ay, qué pena. Es que...- se acerca a mi oído con una seducción casi infantil. – Traes… Traes el cierre abajo.
Sus palabras perforaron con un sabor amargo el centro de mis deseos y la fantasía se evaporó tan rápido como llegó.
No sabía que había más de una forma de pedir ser devorado por la Tierra.

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