Ya ni me acuerdo porqué peleábamos.
Tampoco recuerdo cómo creció el problema al grado de quitarnos el habla, lo que es muy incómodo cuando vives y trabajas con esa persona. Lo hace incómodo cuando viajas con ella en el mismo vagón rumbo a la oficina que comparten, donde también se compartían chismes, quejas y risas.
Hasta el metro parece más callado que nunca. Hoy no ha entrado el usual vendedor de cumbias y bachata. No han venido a ofrecernos llaveros para las llaves, cursos de inglés ni botanas rancias. Hasta el momento no ha llegado alguna interrupción oportuna al gélido silencio entre la que se sienta a mi lado y yo.
Pienso por un momento en voltear a contarle lo de Sujey, la chava de contabilidad, que se andaba ligando al mensajero y que habían tenido algo de fin de semana, que no había durado porque su novia llegó a armar un escándalo en la fiesta.
Quiero contarle de Héctor, el de sistemas, que se metió en una bronca por haber hecho su mini laboratorio de piratería en la oficina. O de lo que hicieron con la herencia del papá de Georgina. O de la amante del jefe importada de Cuba.
Pero no puedo. No me va a contestar y hasta fingirá no estar interesada en los chismes que usualmente sigue con apetito voraz.
Alguien se suena la nariz, varios duermen antes de llegar al trabajo, otro desayuna un pan un poco extraño. Pero ni un ruido. Todo en silencio absoluto.
Me empieza a entrar una ansiedad extraña por gritar para generar algo, un chiflido, un insulto, un abucheo colectivo, lo que sea. Mi respiración se agita y considero por una milésima de segundo sacar un cigarro y fumarlo ahí mismo, lo prohíban o no.
Decido mejor pararme cerca de las puertas, lejos de ella, lejos de su insoportable ley de hielo provocada por algo que seguramente fue trivial. Tan pronto se abren las puertas, salgo apresurada hacia las escaleras, al ruido del tráfico, al del murmullo citadino, al pasillo de marchantes.
Tan buena es mi suerte que uno de mis zapatos de tacón de $180 pesos de la Lagunilla decide partirse en ese momento y me voy hocico al suelo. Siento el dolor punzante del tobillo y entonces la veo a ella corriendo preocupada en mi dirección. Después de todo no puede ser tan fría como para seguirse de largo indiferente.
Se agacha para ayudarme y veo que sus labios se mueven como preguntando algo. Otra señora se acerca y hace un comentario de paso señalando el tacón olvidado un metro atrás. Pero ni un ruido.
Me era imposible escuchar lo que me decía.

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