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Raptus Regaliter

Puros cuentos que salieron un día en un montón de papeles, servilletas, periódicos, revistas, la bolsa de papel con las medicinas, algunos cuadernos, el boleto de lotería.. ¿De qué iba?

4.1.10

Micro-Relatos | 5

No hay placer que se compare al de las pequeñas venganzas.

Esto lo supe desde niña cuando encontraba la manera perfecta de echarle la culpa a mi hermano de cualquier desperfecto en la casa, luego de que se burlara de mí o tomara alguna de mis cosas. Desde entonces aprendí que puedo salirme siempre con la mía. Claro, yo he sido lo suficientemente paciente y calculadora con cada zarpazo.

Por eso es que he dejado pasar los últimos seis microbuses que se detuvieron frente a mí. Por eso el monedero pesa más que cualquier otra vez que lo haya traído conmigo. Porque lo espero a él, el conductor de Belcebú. Al cafre que va manejando desenfrenado con el peculiar tablero atascado de figuritas ridículas que tambalean la cabeza con cada arrancón.

Llega por fin después de más de una hora de espera. Una hora para saborear cómo voy a desquitarme de aquella vez en que no sólo me estafó con cincuenta centavos de cambio sino que además se atrevió a darle el asiento preferencial a su compadre con tal de platicar. Y encima de todo, me dejó en la esquina equivocada. Para una mujer de mi edad, esas faltas de respeto y educación pueden hasta provocar un infarto del coraje. Pero ya nadie respeta ni a su propia madre.

El odioso conductor me reconoce de inmediato y frunce su ceño por un segundo. De seguro se acuerda del escándalo que le armé en aquella ocasión, pero por lo visto no le causa ninguna vergüenza. Infeliz. Trato de mostrar indiferencia y preguntar con un tono casi inocente de a cuánto es el pasaje.

- $3.50,- responde de muy mala gana.

Con una pequeña mueca de satisfacción le entrego al chofer distraído un manojo de monedas en su mano. El tipejo voltea de inmediato al sentir el peso de treinta y cinco monedas de diez centavos en su palma. Las diminutas piezas de metal caen entre sus dedos mientras él me mira con una mezcla de molestia y estupefacción.

- ¿Qué carajos es esto?

- Lo de mi pasaje.

- ¿No cree que ya está muy grandecita para estar con esos jueguitos?

- Pues yo a usted lo veo bastante vejete como para estar coleccionando muñequitos en su tablero.

- ¿Y eso qué tiene qué ver?

- Pues nada, sólo que quizás es un trauma que trae de infancia.

Algo estaba a punto de responder pero no logró hacerlo. La discusión, que ahora empiezo a olvidar, al parecer lo logró distraer lo suficiente para no fijarse en su compañero microbusero tratando de aventajarlo en la ruta.

El impacto no lo tengo del todo claro y empiezo a perder la noción entre lo que vagamente identifico como dolor. Sabe a vidrios incrustados y de reojo veo un charco de sangre en el que se remojan treinta y cinco moneditas de diez centavos. Capaz que hasta son menos. Las voces son igual de vagas y distantes, pero lo alcanzo a escuchar a él. Al menos creo que lo escuché. Ya todo se nubla.

- Estela... Estela... no seas así, carnalita, reacciona.

Ya ni me acuerdo porqué peleábamos.

Y que lo firma Ravineus
Lista del mandado: carnal, micro

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